¡Ojalá te Mudeís!

 

 

Quien conoce a un maracucho sabe que su arsenal de maldiciones es una obra de arte de la exageración. Pero entre todas las sentencias posibles, hay una que se pronuncia con una sonrisita y una dosis pura de maldad cotidiana: “¡Ojalá te mudeís!”

Para el implacable juez de la sabiduría popular zuliana, mandar a alguien a mudarse es condenarlo al peor de los purgatorios terrenales. Es desearle el descalabro de meter su vida entera en cajas, el suplicio de desarmar muebles que jamás volverán a encajar igual, y la tortura de perder el control de absolutamente todos tus objetos por meses.  Es, en esencia, desearle a uno el caos.

El problema es que, en mi caso, la maldición no me la lanzó alguien en una esquina de Maracaibo. Me la debió lanzar el destino mismo, y con efecto acumulativo, de alcance global.

A lo largo de mi vida me he mudado 13 veces.

Sí, trece. Un número que para los supersticiosos ya carga su propio peso, pero que para mí representa el mapa de coordenadas de mi vida. Mi existencia, en demasiadas ocasiones, no se mide en años, sino en camiones de mudanza, trámites aduaneros y el olor característico de las cajas con humedad y polvo acumulado al abrirlas.

Este contador de trece paradas incluye saltos al vacío de carácter internacional, cruzando fronteras con la vida resumida en un puñado de maletas y la incertidumbre como único equipaje de mano. También abarca mudanzas nacionales, cambiando de horizontes, climas y acentos sin salir del mismo mapa. Y, por si fuera poco, incluye esos giros de guión inesperados pero necesarios: mudanzas dentro de la misma ciudad, donde terminas cargando un colchón a pie o en el techo de un carro solo para cambiar de calle, de barrio o de perspectiva.

Doce veces cerré una puerta pensando que sería la última, y doce veces volví a abrir una nueva caja de sorpresas. Llegados a este punto, la maldición maracucha ya no me asusta; la convertí en mi estilo de vida.

La primera: El día que una pizza me independizó

Toda historia tiene un origen, y la mía comenzó en Caracas. Año 1999. Yo tenía 28 años, el título de abogado ya mío, un trabajo de litigante estable y un ingreso propio, con el cual aún no me animaba a cortar el cordón umbilical de la casa de mis padres. Vivía con ellos, en su casa, lo que significaba que el código civil que yo manejaba no tenía ninguna validez frente a la constitución implacable de mi papá, aunque él de manera sarcástica me llamaba “el dueño”.

Era un domingo por la tarde, día para estar absolutamente echado. Yo acababa de alquilar una película en DirecTV. Quienes vivieron esa época recordarán que el servicio era un lujo de precisión temporal: la película empezaba a una hora fija y, si te levantabas al baño, te la perdías. No había botón de "pausa", no había streaming, no había alternativas, pagabas y veías de una vez, fin.

Justo cuando la pantalla se iluminaba y yo me acomodaba en la cama, entró mi papá con la determinación de un jefe:

 

—Hazme el favor hijo de ir a buscar la pizza que pedí por teléfono.

 

El cortocircuito en mi cabeza fue instantáneo. ¿Una pizza? ¿Justo ahora? Argumenté el tema de la película con la vehemencia de quien defiende a un inocente en el banquillo. Me quejé. Discutimos. El debate jurídico-familiar escaló rápido, pero la jurisprudencia paterna siempre ha sido vertical: estaba en su casa, y negarme a comprarle la bendita pizza no solo era un acto de rebeldía, era, admitámoslo, el colmo del egoísmo filial. Fui, compré la pizza, regresé con la caja tibia en las manos y me encontré con mi película a mas allá de la mitad.

Esa noche, mientras todos dormían, entendí que el problema no era el antojo de mi papá, o la necedad de que no le gustara Dominos, que se la traía hasta la casa. El problema era que el traje de "hijo viviendo en casa" ya me quedaba pequeño.

Al día siguiente, lunes por la mañana. Salí a trabajar con la incomodidad de saber que ya no debía quedarme mas tiempo en casa de mis padres, y con la angustia de definir qué y cómo hacer.  Salí del Metro “Capitolio”, y mientras caminaba por las aceras de mármol de la Avenida Universidad, saque del bolsillo del traje mi Nokia, llamé a mi cuñado, el médico, tenía un apartamento pequeño y amoblado en Colinas de Bello Monte, uno del que me encargué mientras él y mi hermana estudiaban fuera y en el que hasta un inquilino había fallecido en mi “guardia”. Fui directo al grano: le pedí que me lo rentara. Nos pusimos de acuerdo en un minuto: yo pagaría una renta reducida y me haría cargo del condominio. Trato hecho.

La velocidad del asunto fue tal que esa misma noche ya dormí allá, en Bello Monte, experimentando por primera vez el silencio absoluto de un espacio propio. El fin de semana siguiente regresé a casa de mis padres solo para el acto final. No necesité un camión de mudanza ni cajas de cartón. Metí mi ropa en una maleta, agarré la televisión, la computadora y las cuatro cosas que eran verdaderamente mías. No hubo despedidas ni dramas; simplemente se cerró ese círculo. Dejaba atrás la comodidad de la casa paterna para inaugurar, con una maleta y un televisor, mi libertad.

La segunda: Madrid.  Cada quien cuenta de la feria según le va.

Si la primera mudanza fue una iluminación repentina de adultez, la segunda fue un salto transatlántico en toda regla. Dejé Bello Monte y aterricé en Madrid para estudiar un postgrado. Pasé de la independencia absoluta a una forma de convivencia totalmente imprevista: terminé viviendo en casa de Ana, en la Travesía de Lopez Aranda, Ciudad Lineal.

Ana es una señora mayor, una madrileña de pura cepa con una lucidez arrolladora una vitalidad y humor deliciosos, con una historia de vida que parecía un libro. Había Ana vivido la Guerra Civil, su familia había sufrido terribles pérdidas y dolores, su padre era Juez, opuestos a los desmanes de la República en territorio fuertemente republicano. Escucharla hablar era presenciar la historia viva, sin filtros, con la riqueza de quien vió el mundo transformarse desde los horrores cometidos por los 2 bandos en la España de 1933.

Mudarse no siempre significa perder comodidades; a veces, el destino te premia. Ana resultó ser mejor que mi propia mamá en el departamento de consentimientos (no muy dificil de lograr). Aquellos tres meses en su casa fueron un idilio gastronómico y humano. Me alimentaba con una dedicación y cariño inconmensurables, sus croquetas de papa eran una obra de arte, el lacón parecía traído del mismísimo cielo y los calamares en su tinta eran como un sueño hecho realidad.  Me dejaba Ana la cena encima del radiador de la calefacción para que no se enfriara, cuando llegaba tarde, que era frecuente, en la mañana me decía “Es que eres un gamberro” muerta de risa.

Si cada comida era un banquete,  cada sobremesa, era además de una deliciosa conversación, una cátedra de vida. Ana era una conversadora insigne, cuando se daba cuenta, ya eran las 11 de la noche y me decía: “Hijo es que contigo no paro y me trasnocho”, dormía ella con su pequeña radio encendida a un volúmen bajísimo y Pepo, el perro, en el piso al pie de su cama.  

Pepo, un personaje más de la casa, se hizo mi amigo casi de inmediato, completando el comité de bienvenida. Fueron solo tres meses, pero esa habitación en Madrid me enseñó que mudar el cuerpo también es mudar el alma.

La tercera:  El congelador de Las Ventas

El idilio con Ana duró tres meses. Cumplido ese tiempo, tocó dar el siguiente paso y buscar un lugar propio. Me mudé a un piso cerca de la Plaza de Toros de Las Ventas, un barrio con muchísima solera pero, como descubriría muy pronto, con infraestructuras que se quedaron atrapadas en el siglo pasado (que no es sino el s. XX…). El piso lo compartía con un amigo de mis días de litigante en Caracas; pasamos de patear los pasillos de los tribunales a compartir la aventura madrileña.

Ahí llegó la gran sorpresa que Europa le tiene guardada a los americanos: rentamos el piso a sabiendas de que no tenía calefacción, yo dudé, mi amigo estaba seguro de que no podía ser tan frío, después de todo Madrid no es Boston, de donde el venía de pasar 1 año. Para colmo, el suelo era de cerámica, y en el invierno madrileño se convirtió en casi una fábrica de escarcha portátil. Y si claro, aunque el invierno de Madrid no es el de Siberia, cuando te tocan días con una temperatura máxima de 5 grados y estás dentro de cuatro paredes de concreto congelado, el frío se te mete en los huesos y no te suelta.

El entorno no ayudaba mucho. Compartíamos un edificio viejo, gris y notablemente mal mantenido. Eran los años de la gran ola migratoria y el bloque estaba repleto de cientos de ecuatorianos que se apiñaban como podían en los distintos Pisos, lo cual nos generaba algo de desconfianza, siempre había personas nuevas y nos daba la impresión de que algo no muy legal estaba ocurriendo.  A veces me preguntaba cuándo sería la redada.

Duramos muy poco ahí; el frío simplemente no nos dejaba en paz. Se convirtió en una presencia física, un inquilino más que no pagaba renta pero que molestaba las 24 horas. Llegó a tal punto la situación que mi rutina diaria incluía un acto casi de mendicidad térmica: salía del apartamento y me iba a sentar a la Plaza de Ventas, buscando un rayito de sol para conseguir un poco de calorcito. Era un calor miserable, que duraba lo que tardaba una nube en pasar, pero era más de lo que teníamos adentro de la casa. No aguantamos mucho; el contador tenía que seguir rodando.

La cuarta: La casa de Lucía y su calefacción de radiadores.

Como suele ocurrir en la vida del estudiante, la salvación no llegó a través de una agencia inmobiliaria, sino gracias a una noche de fiesta.

Todo comenzó en una reunión organizada por un argentino que acababa de hacerse novio de la compañera de Piso de Lucía.

Lucía, era amiga de una amiga mía, todos abogados de Caracas, nos conocíamos hacia tiempo.

Ya de madrugada, cuando la fiesta tocaba a su fin, Lucía, que andaba con ganas de estirar la noche, igual que nosotros,  nos pidió que la acompañáramos a su casa para seguir tomando algo. Nosotros, con tal de no regresar temprano al congelador de Las Ventas, aceptamos encantados.

Cruzar el umbral del piso de Lucía fue como experimentar una epifanía. Ese sitio era exactamente todo lo que no era nuestro piso en Ventas. No era un apartamento de estudiantes frío y desalmado; era la viva estampa de "la casa de tu abuelita", pero en el mejor de los sentidos. El aire estaba tibio, casi celestial. Tenía radiadores de calefacción funcionando a pleno rendimiento en cada esquina, tres habitaciones amplias y un glorioso suelo de parquet que se sentía cálido al tacto, un universo de distancia de nuestra maldita cerámica helada. Nos quedamos bebiendo, sí, pero sobre todo nos quedamos absorbiendo el calor, y una temprana sensación de familia.

A la mañana siguiente, nos despedimos y nos subimos al vagón del metro rumbo a nuestro bloque viejo y gris. El contraste era demasiado violento. Mientras el metro traqueteaba de vuelta a Ventas, mi compañero de piso y yo nos miramos las caras de trasnochados. No hizo falta discutir mucho. La conversación en el vagón fue directa, pragmática y nacida de la pura necesidad de supervivencia térmica:

—Mira... ¿y si le proponemos a Lucía compartir su piso?

La decisión tomada en el metro se ejecutó con la rapidez de un rayo. La compañera de piso de Lucia, la que se empató con el argentino, obnubilada de amor, se había mudado ya con él y urgía conseguir otros inquilinos que ayudaran a pagar la renta. Parecía la providencia ejecutando sus designios.

Salir de Ventas no iba a ser tan sencillo. La arrendadora argentina, al ver que se le escapaban dos inquilinos, pretendió pasarse de “viva” y nos exigió una indemnización económica por dejar el piso antes de tiempo, alegando un supuesto incumplimiento de contrato. Fue el peor error de su carrera inmobiliaria. Bastó con sentarme frente a ella, mirarla a los ojos y explicarle, con la calma y el peso técnico de la ley, que no estaba hablando con un inmigrante desinformado, necesitado o ignorante al que pudiera intimidar. Estaba hablando con un abogado. El tono cambió, las exigencias de indemnización se evaporaron en el aire y, sin más obstáculos, cerramos la puerta de ese bloque frío para siempre.

Nos mudamos de inmediato. Lo que siguió en ese piso de tres habitaciones y suelo de parquet no solo fue el rescate térmico que tanto buscábamos, sino una de las mejores experiencias de toda mi vida en Madrid.  Lucía, Luis y yo nos acoplamos de una manera perfecta. La convivencia fue una mezcla de inmensa diversión, soporte y familiaridad de hermanos. Aquel apartamento se convirtió en un verdadero hogar. De hecho, el impacto de esa cuarta mudanza fue tan profundo que desafió el paso del tiempo: hoy, muchísimos años después y con miles de kilómetros de distancia de por medio, los tres seguimos siendo grandes amigos.

La quinta, la sexta y la séptima: El amor Viendo al Ávila

Regresar a Caracas después de más de un año en Madrid fue un golpe de realidad duro. El año era 2002, el país crujía bajo los embates fuertes del chavismo y yo, económicamente, estaba "más limpio que talón de lavandera".

Volví al punto de inicio: la casa de mis padres. Pero el destino, que me había quitado los euros, me tenía preparado el mejor premio de mi vida. Conocí a Raque, el amor de mi vida.

Raque, a diferencia de mí, había estado trabajando durísimo todo el tiempo que yo pasé en Madrid y ya era dueña de su propio apartamento en El Marqués. Al poco tiempo de noviazgo, empecé una especie de "media pensión" en su casa; pasaba tanto tiempo allí que las líneas entre su espacio y el mío comenzaron a borrarse.

Cuando decidimos dar el paso definitivo de vivir juntos, quise aportar el sitio, y le propuse mudarnos a un apartamento que era propiedad de mi madre y de mi tía en Los Samanes, Caracas. Ella aceptó, empacamos y nos fuimos. Esa fue la quinta mudanza.  Sin embargo, el experimento duró poco. A Raque no le sentó bien el cambio de zona; El Marqués tenía su arraigo y Los Samanes simplemente no se sentía como su hogar.

Haciendo gala de la flexibilidad que da el amor (y de mi ya larga experiencia en mudanzas), recogimos todo de nuevo y ejecutamos la sexta mudanza: regresamos a su apartamento en El Marqués. El lugar tenía apenas lo mínimo, así que llevé mis muebles, mis pertenencias y ahí nos instalamos formalmente a construir nuestro presente, frente al magestuoso Avila

Con el tiempo, el esfuerzo conjunto dio frutos y nos mudamos a la que sería nuestra séptima parada: un espectacular Pent House con una vista de doble altura al imponente Avila, ahora si que pegados prácticamente a la montaña. El día que fuimos a verlo por primera vez, entendí esa sensación de la que Raque me había hablado, esa certeza que te da cuando llegas al sitio que debe ser tuyo.

Ese apartamento fue el centro de planes, sueños, risas, llantos, y todo lo que un hogar debe ser.  Desde ese espacio de techos altos, contemplando la montaña que corona a Caracas, soñamos despiertos, construimos nuestros proyectos más ambiciosos y recibimos la bendición más grande: el nacimiento de nuestro hijo. Vivimos la plenitud caraqueña, justo antes de que el destino volviera a tocarnos el hombro para anunciarnos que era hora de cruzar la frontera otra vez. Nuestro próximo destino nos esperaba en Panamá.

La octava: El vuelo de la vida y el oasis de Costa Esmeralda

Mientras Venezuela se sumergía en un descalabro indetenible, a nivel profesional me llegó una oportunidad de oro: dirigir el área Legal de Centroamérica y el Caribe, operando desde Panamá. El momento no podía ser más crucial. Raque estaba embarazada, un embarazo que nos había costado el alma, el cuerpo y el corazón alcanzar. El destino decidió ponernos a prueba al límite: nuestro hijo nació prematuro extremo, con apenas 26 semanas de gestación.

El mundo se nos detuvo. Teníamos las maletas listas para salir del país, pero la vida de nuestro hijo era la única prioridad. Durante meses, el plan de mudanza se congeló mientras dábamos la batalla en la clínica. Yo pasé meses yendo y viniendo entre Caracas y Panamá, viviendo en un limbo de aeropuertos, tribunales corporativos y la unidad de cuidados intensivos neonatales.

Finalmente, el milagro se completó. En mayo de 2015, con nuestro niño dado de alta y en perfectas condiciones, supimos que había llegado el momento.

Yo me había adelantado para preparar el nido en Panamá. Renté una casa deliciosa en la urbanización Costa Esmeralda. Era un lugar modernísimo, con ventanales de vidrio gigantes, dobles alturas que dejaban entrar la luz y un bellísimo jardín.  Hay siempre anécdotas que, al menos en mi caso, dejna claro el deseo vs. La realidad: tratando de ser el padre protector que prepara todo, fracasé rotundamente en el intento de armar la cuna de mi hijo. Los planos y los tornillos me superaron. Tuve que pedirle auxilio a Rodolfo, el "manitas" de la urbanización, un tipazo que desde ese primer día se convirtió en alguien fundamental para nosotros.

El 29 de mayo de 2015 emprendimos el viaje definitivo con un cuadro digno de una película: diez maletas enormes, un bebé bellísimo que apenas salía de su batalla médica, mi suegra como apoyo incondicional, Raque y yo. Llevábamos un cargamento de expectativas del tamaño del mundo.

Panamá nos recibió con los brazos abiertos y con un bofetón de calor húmedo que nos impactó seriamente nada más bajar del avión. Pero ese calor pronto se transformó en calidez de hogar. En esa casa de Costa Esmeralda viviríamos, quizás, nuestros mejores tiempos. Vimos a nuestro hijo crecer sano y fuerte, corriendo en el jardín, mientras yo disfrutaba de un éxito profesional y económico importante.

La novena: Bienvenidos a las Grandes Ligas (CDMX)

La felicidad y la placidez que habíamos construido en Panamá se vieron interrumpidas por una noticia magnifica profesionalmente, pero exigente desde el plano familiar, de esas que te inflan el pecho de orgullo pero te obligan a mirar de reojo las cajas: me habían promovido a Director Jurídico de México. Era un salto profesional importante, entrar a jugar en uno de los mercados más importantes y complejos del continente. Pero en el idioma secreto de nuestra familia, la palabra "promoción" se traducía automáticamente como: vuelve a empacar.

Dejar el paraíso tropical de Costa Esmeralda no fue fácil, pero el camión del destino no se detiene. En agosto de 2017, apenas dos años después de haber llegado a Panamá, volvimos a resumir nuestra existencia. Esta vez el inventario había crecido: ya no eran diez, sino 13 maletas las que hacían fila en el aeropuerto.

México nos recibió con amor, pero también con ese recelo característico de las grandes metrópolis que se toman su tiempo para medir a los recién llegados. El cambio de escenario fue radical. Atrás quedaba la placidez de Panamá; aquí nos topamos de frente con un clima de mañana frío y una altitud que, durante las primeras semanas, me hacía sentir una asfixia constante. Caminar un par de cuadras se convertía en un reto de resistencia para unos pulmones acostumbrados al nivel del mar.

La complejidad del país y de la ciudad se nos plantó enfrente desde el primer día. Para un caraqueño, sin embargo, el caos no es una tierra extraña. Caracas no era precisamente un sitio fácil; veníamos entrenados en la escuela de la hostilidad urbana, la incertidumbre y la resiliencia. Pero México era distinto. No era la tensión eléctrica de Venezuela, sino la inmensidad de un gigante que se mueve a su propio ritmo. Tuvimos que aprender a respirar de nuevo y a adaptarnos a una escala monumental.

Apenas llevábamos un mes intentando adaptarnos cuando la tierra nos recordó lo vulnerables que somos. El 19 de septiembre de 2017, la Ciudad de México se sacudió con una violencia aterradora. Un terremoto de magnitud 7.1 nos agarró completamente desprevenidos y separados: yo en la oficina en Santa Fe, Jaco en su colegio y Raque en casa.

Ese día la ciudad colapsó, las comunicaciones se cayeron y el miedo se respiraba en las calles. Mi entrenamiento en el manejo de crisis —cortesía de Caracas— se activó de inmediato. Como líder del área jurídica, mi responsabilidad estaba con la gente. No podía salir corriendo. Me quedé al pie del cañón en Santa Fe, coordinando y asegurándome de que hasta el último empleado de la compañía estuviera a salvo y fuera del edificio. No logré llegar a mi casa a abrazar a Raque y a Jaco sino hasta las 9:30 de la noche, tras sortear una ciudad en shock.

México nos retó constantemente, nos puso a prueba el temple, pero a cambio nos dio una vida fascinante. Disfrutamos muchísimo de su riqueza cultural y del acceso a todo lo que importa en el ámbito mundial actual. Para llenar la casa de alegría, en enero de 2018 llegó a nuestras vidas Pulque, un cachorro Beagle que originalmente venía a ser el compañero de Jaco, pero que terminó convirtiéndose en mi sombra y mi cómplice.

La CDMX también se convirtió en un punto de reencuentro. Me reuní con dos grandes amigos de Venezuela que la vida había plantado en la misma ciudad. Juntas, las tres familias, tejimos una red de apoyo hermosa y compartimos momentos inolvidables. Además, México me devolvió un lazo entrañable: continué mi amistad de años con Luis, un gran amigo mexicano de mis tiempos en Madrid que ahora volvía a estar cerca, demostrándome que los buenos amigos siempre te esperan en su patria.

En el plano profesional, el esfuerzo y la estrategia dieron sus mejores frutos. En 2019, mi equipo y yo ganamos el premio al mejor equipo legal de México. Fue el reconocimiento a una gestión donde me dediqué a romper paradigmas, eliminar formalidades inútiles y humanizar los procesos. No solo gané un trofeo corporativo; gané el respeto de mis abogados, consolidé un equipo brillante y sumé grandes amigos para toda la vida. Así cerramos nuestra novena mudanza.

La décima: El regreso triunfal al nido propio

Dicen que uno siempre vuelve a los sitios donde amó la vida, y en nuestro caso, el refrán se cumplió con una precisión corporativa milimétrica. En junio de 2019, la compañía me devolvió a Panamá.

Esta décima mudanza, sin embargo, tenía un sabor muy distinto a las anteriores. No íbamos a ciegas a rentar un espacio desconocido. Tiempo atrás, apostando por nuestro futuro, habíamos comprado nuestra propia casa en Panamá. Entre las brutales exigencias económicas que imponía la vida en la Ciudad de México y las necesidades de estabilidad de nuestra familia, tomamos la decisión de solicitar el regreso. El destino nos escuchó.

Regresar a nuestra casa en Panamá fue como ponernos un traje hecho a la medida que había estado guardado en el clóset. Ya no había cunas que armar con la ayuda de Rodolfo ni incertidumbres sobre el jardín. Llegamos a lo nuestro, al refugio que ya conocíamos y donde sabíamos que nuestro hijo sería inmensamente feliz. Pero no solo regresé a mi casa; regresé con una posición mejorada a nivel profesional. La corporación me entregó las llaves de un engranaje inmenso y complejo: pasé a liderar tres operaciones críticas simultáneamente. Tenía bajo mi responsabilidad la operación comercial regional, la de manufactura —lo que me mantenía en una conexión constante con México— y la supervisión de un Centro de Servicios en Costa Rica.

Y entonces, el mundo se detuvo. En plena construcción de esta nueva etapa en Panamá, nos agarró la pandemia de COVID-19. Mientras el planeta entero entraba en pánico y confinamiento, nosotros no podíamos dejar de sentirnos profundamente afortunados: la tormenta nos había atrapado en nuestro propio refugio.

El confinamiento nos obligó a reinventar la rutina, pero el espacio nos jugó a favor. Para hacerle el encierro más ligero a Jaco, compré una piscina inflable gigante que instalamos en el jardín; ahí, entre chapuzones y risas, el aislamiento se sintió menos gris. Además, la manada había crecido. Ya no solo estaba Pulque; para ese entonces ya se había sumado a la familia Güna, nuestra segunda Beagle, una panameña pura cepa bautizada en honor a los indígenas de Guna Yala.

Justo antes de que los aeropuertos cerraran y el virus lo bloqueara todo, el destino me había permitido cerrar un círculo vital muy importante. Pasé un mes entero en México con un propósito claro: obtener la nacionalidad mexicana. Fue un proceso de arraigo, de asentar los papeles en una tierra que nos había retado pero que también nos había adoptado con amor. Regresé a Panamá con el pasaporte mexicano bajo el brazo, listo para encerrarme con los míos.

La undécima: El salto de fe y el regreso a las raíces aztecas

En pleno confinamiento, trabajando desde nuestro refugio en Panamá, la vida corporativa me dio otro espaldarazo: una nueva promoción, esta vez como Líder Legal de Latinoamérica para los negocios de Salud y Transporte.

Estaba en la cima de mi carrera, manejando un portafolio inmenso. Sin embargo, la vida real no entiende de organigramas y tenía preparados más retos para mí. En un giro tan inesperado como violento, y en medio de las feroces reestructuraciones corporativas que sacudieron al mundo tras la pandemia, me quedé sin trabajo. De la noche a la mañana, el gigante se detuvo.

Fue un momento de mirarnos a los ojos y recalcular la ruta. Con el mercado panameño contraído, tomamos una decisión estratégica y valiente: regresar a México. Sabíamos que allá, por el tamaño del país y la escala de la industria, las oportunidades para volver a levantar el vuelo eran muchísimo mayores.

Así llegó junio de 2022, y con él, nuestra undécima mudanza. Esta vez el viaje no tenía el colchón de una multinacional pagando los gastos de reubicación; esta mudanza la pagué yo, de mi propio bolsillo, asumiendo el costo de nuestro destino. Ya no éramos el grupo compacto que salió de Caracas. Esta vez el inventario se había consolidado: éramos cinco. Los tres humanos, Pulque, y la pequeña Güna. De las maletas, sinceramente, perdí la cuenta.

Llegamos a la Ciudad de México y nos instalamos en una casa encantadora en Cuajimalpa, una zona boscosa que nos dio el aire que necesitábamos para este nuevo comienzo. Las piezas del rompecabezas empezaron a encajar rápido: nuestro niño entró en un colegio interesantísimo, y yo, haciendo valer mis años de circo jurídico, logré colocarme en otra importante multinacional. Todo parecía volver al riel.

El invierno absoluto y el quiebre de los cimientos

Lamentablemente, la calma de Cuajimalpa fue un espejismo. El riel sobre el que pensábamos que marchaba la vida resultó ser una vía sin salida. El rol en esa nueva empresa era irreal; existía únicamente en la imaginación del líder que me había contratado, una fantasía corporativa que no se correspondía con la estructura real. A pesar de mis credenciales, de mi experiencia y de haber viajado a los cuarteles generales en Chicago para alinear la estrategia, el terreno cedió bajo mis pies. Ese trabajo terminó de forma intempestiva en agosto de 2023.

La sincronía del destino fue perversa. El despido me golpeó justo al regresar de unas vacaciones profundamente emocionales, un viaje que había aprovechado para cumplir una última promesa: llevar las cenizas de mi padre a Mérida, en Venezuela. Había ido a cerrar el ciclo con el hombre de la pizza y el control remoto, el hombre con el que había empezado mi primera mudanza, para regresar a México a ver cómo mi propio mundo se desmoronaba.

Ese golpe fue demasiado. El peso acumulado de las fronteras, la incertidumbre económica y el desgaste de empezar de cero tantas veces terminaron por pasar una factura impagable. No solo se acabó el empleo; ese terremoto interno marcó el fin de una relación, de un amor que había sido mi ancla durante años. Raque, tras un pleito definitivo que terminó de quebrar lo que ya estaba agrietado, tomó sus cosas y se fue. Nos dejó.

De la noche a la mañana, en el frío de Cuajimalpa, me quedé sosteniendo los restos del naufragio. Sin el cargo corporativo, sin la compañera de batallas con la que había contemplado el Ávila, y con la enorme responsabilidad de levantarme para seguir siendo el pilar de mi hijo y de mi manada.

Las últimas dos: La reinvención en la frontera y el puente de amor con Jaco

Sostener la estructura durante un año entero fue la verdadera prueba de fuego de mi existencia. Sin empleo, con los ahorros evaporándose y a punto de tener que cerrar el libro por completo porque simplemente ya no quedaba más dinero, me mantuve en pie. Lo hice por mi hijo, por mi familia y por mi mismo. Sabía que el fondo del pozo no podía ser mi última parada.

Y entonces, en el último minuto del partido, el universo se alineó. Conseguí un nuevo trabajo, una oportunidad espectacular conectada directamente con uno de mis grandes mentores en Estados Unidos, un tocayo de origen chino que creyó en mi capacidad. El nuevo reto, sin embargo, exigía cambiar radicalmente las coordenadas: me llevaba a Tijuana, Baja California, en la esquina más norteña de la frontera mexicana.

Pero esta mudanza requería un diseño de logística emocional inédito. Esta vez no viajábamos el bloque completo. En un acto de madurez y pensando estrictamente en la estabilidad de Jaco, decidimos que él debía quedarse en la Ciudad de México con su mamá.

Pulque y Güna, mis dos fieles Beagles, sí empacaron sus correas y se mudaron conmigo a Tijuana para hacerme compañía frente al Pacífico. Esa mudanza a la frontera se convirtió en mi duodécima parada.

Pero un padre no se muda a tres mil kilómetros de distancia sin tender un puente de regreso. Para hacer viable esta nueva vida y no perder un solo segundo de la crianza de mi hijo, creamos una fórmula intermedia. Ejecuté mi decimotercera mudanza: renté un departamento mínimo en Cuajimalpa, un pequeño cuartel general en la CDMX.

Es así como mi presente se convirtió en un péndulo perfecto. Trabajo en el dinamismo fronterizo de Tijuana y, cada quince días, tomo un avión de vuelta a la capital, abro la puerta de ese departamento mínimo y me transformo por completo. Esas dos semanas son de absoluta dedicación a Jaco, de videollamadas diarias cuando la distancia nos separa, y de una conexión que ninguna frontera ha podido debilitar.

Trece mudanzas después, miro hacia atrás. Desde aquel domingo de la pizza en Caracas hasta los atardeceres en Baja California, entiendo que la maldición maracucha nunca fue un castigo. Fue un entrenamiento. Me mudaron 13 veces para enseñarme que el hogar no es un techo, ni un Pent House frente al Ávila, ni una casa en Panamá. El hogar es la capacidad de armar tu propio refugio donde señale la necesidad y la realidad, siempre con tus afectos, sin importar cuántas veces te toque volver a empezar.

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