La Habana 2016: Un Viaje al Pasado desde la Promesa del Futuro
En 2016, el aire en el Caribe parecía cargado de una expectativa inusual. Meses antes, La Cumbre de las Américas en Panamá, donde Barack Obama y Raúl Castro se estrecharon la mano, había abierto una inesperada ventana en el muro diplomático que rodeaba a Cuba. La consigna repentinamente era "la apertura de Cuba", y la multinacional para la que trabajaba no quería quedarse atrás.
Tan repentina como esa voluntad de apertura, una de mis mas importantes misiones fue organizar un viaje a la isla y traer de regreso las claves de la fórmula para tender puentes. Entre protocolos burocráticos, las dificultades de la comunicación telefónica con Cuba y llamadas inciertas logradas a horas extrañas, logré que la Cámara de Comercio de Cuba organizara una agenda de reuniones con las "empresas" locales.
Viajamos tres: el Director de Negocios, el Oficial de Cumplimiento y yo el Director Jurídico Regional. Nos alojamos en el Hotel Nacional, un monumento a la gloria arquitectónica de un pasado brillante y a la vez, a la destrucción sistemática de la isla.
Al salir de los elevadores, la vigilancia era explícita: una persona sentada en cada piso con una libreta y un bolígrafo, anotando cada movimiento de los huéspedes. Un internet pésimo, el cual nos separaba del mundo exterior y carros antiguos reformados y destartalados sellaban la sensación de haber retrocedido en el tiempo.
Nos hablaron de la Zona Especial de Desarrollo Mariel como una panacea logística e industrial. Presentaciones fabulosas, cifras desorbitadas, futuro, puro futuro. Sin embargo, no había nada, solo palabras y planes en papel que no se ejecutarían. Lo único que el estatus quo cubano buscaba era dinero para seguir al frente del poder y perpetuar su “revolución”, solo querían recibir dinero por unos servicios de “tercerizacion” en los que controlaban la mano de obra, pagando a los trabajadores una miseria en pesos mientras el gobierno cobraba grandes cifras en dólares. Era un esquema de explotación bajo condiciones de virtual esclavitud. Por supuesto nunca llegó a ser siquiera algo verdaderamente prometedor.
Nuestras visitas a las "empresas" estatales y universidades —como la rimbombante Universidad Latinoamericana de Telecomunicaciones, la cual prometía ser algo impactante pero que realmente era un búnker mal construido o destruido por una bomba, revelaba una inconmensurable desconexión entre las ideas y palabras y la crudísima realidad. En esta “Universidad” nos presentaron como "innovación millonaria" un sistema de filas digitales que en el mundo libre se podía seguramente adquirir por Amazon. En los pasillos de esa Cámara de Comercio (una mansión expropiada en El Vedado), el tufo a oficialismo era tan denso como el calor y la ideología que intentaba disfrazar con una pseudo institucionalidad.
En medio de la precariedad dolorosa y evidente por todos lados, descubrimos los Paladares, refugios de excelencia culinaria y emprendimiento realmente privado, frecuentados solo por la "Nomenklatura" y diplomáticos que podían pagar en dólares y en efectivo, no existe forma de pagar con tarjetas de ninguna índole. Por otro lado, la búsqueda de asesoría legal nos llevó a una “Firma de Abogados” que se decía "independiente", solo para descubrir que eran realmente agentes del gobierno disfrazados bajo la figura de Asociación Civil.
Mi apellido me dió una entrada especial con los cubanos y en algunos casos algo de desconfianza entre los vinculados al gobierno. Los Loynaz son una familia venerada en Cuba. Fui al Vedado a ver la casona familiar por donde pasaron figuras importantísimas de la literatura hispana como Alejo Carpentier, Gabriela Mistral, y Federico Garcia Lorca, hoy entregada a la entropía. Recordé la visita de mi madre años atrás, cuando la gran poeta Dulce María Loynaz, al ser preguntada por la situación del país, respondió: *"Prima... no hablemos de cosas tristes"*. Poco después falleció en esa casa, negada a abandonar su patria.
Noches de Humo frente al Malecón. A pesar de la pesadez del entorno, las noches en el jardín del Hotel Nacional fueron extraordinarias. Allí, frente al Malecón de La Habana, con un habano en la mano y un whisky en la otra, el sonido del mar de fondo, mis compañeros y yo mantuvimos conversaciones de una profundidad inusual.
Bajo ese cielo caribeño, procesamos lo que estábamos viviendo: la contradicción de una isla que se desmoronaba mientras intentaba venderse como futuro.
Aquellas tertulias entre el humo del tabaco fueron el único espacio de verdadera libertad en un viaje marcado por el control. Al final, las guías que nos acompañaron al icónico Bar Floridita —aquellas jóvenes que nos fueron “asignadas” por la empresa Habaguanex y quienes quizá buscaban "coronar" una oportunidad con nosotros— fueron el último recordatorio de la vulnerabilidad humana que la miseria y dependencia de quien gobierna puede causar.
Salimos de Cuba con la maleta vacía de negocios, pero llena de claridad. La "apertura" era un teatro. Entre la vigilancia, la explotación del Mariel y la decadencia generalizada, constatamos que Cuba no estaba abriéndose al mundo; estaba intentando subastar los restos de un naufragio, garantizando mantenerse al frente del poder, quienes han causado semejante tragedia.
Ese viaje me reafirmó una verdad: no existe prosperidad donde la libertad se canjea por una libreta de notas en un pasillo de hotel y donde la realidad es una "cosa triste" de la que es mejor no hablar.
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