PLAYA

Finalmente, lo logré, estoy con mi traje de baño verde metido en el mar, apenas me metí un frío como de 20 grados –lo sé por que lo dice mi reloj que mide la temperatura- casi me convence de que mejor no me meta, es que en esta época del año el Caribe naiguateño es frío aún.
Luego de muchos amagos, y retrocesos me zambullí, la sensación de bienestar no tiene límites, para hacer cesar el frío, nado hasta los límites permitidos a los bañistas, allí sólo en el agua, decido pensar.
Veo hacia los edificios, viejas estructuras modernas de los años 50, evidencia de otros tiempos, con su elegante reloj inservible en el tope, y no puedo menos que recordar la cantidad de años que he disfrutado de este mismo sitio.
De niño con mis hermanas y primos jugué y nadé en estas mismas playas, aprendí a comer empanada de cazón, descubrí el disfrute del mar, el placer de estar en una lancha –siempre de otra gente-, la libertad de velear, el relajante bambonear de las olas, el olor a mar, el calor de la arena en los pies, el sol incandescente que me ha quemado la piel infinidad de veces y que luego de despellejarse, me vuelvo a quemar sin cuidado.
Luego ya no tan niño alguna pequeña borrachera, y algunos besos y caricias en los días en que la adolescencia te empuja. De adulto se ha convertido en el oasis donde siempre puedo llegar para descansar.
Playa Azul ha estado en mis sueños cuando he estado lejos y deseado volver, es el sitio de referencia, ha servido para reflexionar y para dejarse llevar, he visto a mi familia crecer allí y he crecido en mi familia.
Ahora he decidido flotar, y miro el cielo de un azul intenso, sin una nube que me cubra de los rayos del sol, no me puse protector otra vez, debo estar achicharrándome, la sensación absurda de que algo hay debajo de mi en esas aguas, nada profundas y nada oscuras, me obliga a volver a la orilla.
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Ricardo