Finalmente, lo logré, estoy con mi traje de baño verde metido en el mar, apenas me metí un frío como de 20 grados –lo sé por que lo dice mi reloj que mide la temperatura- casi me convence de que mejor no me meta, es que en esta época del año el Caribe naiguateño es frío aún. Luego de muchos amagos, y retrocesos me zambullí, la sensación de bienestar no tiene límites, para hacer cesar el frío, nado hasta los límites permitidos a los bañistas, allí sólo en el agua, decido pensar. Veo hacia los edificios, viejas estructuras modernas de los años 50, evidencia de otros tiempos, con su elegante reloj inservible en el tope, y no puedo menos que recordar la cantidad de años que he disfrutado de este mismo sitio. De niño con mis hermanas y primos jugué y nadé en estas mismas playas, aprendí a comer empanada de cazón, descubrí el disfrute del mar, el placer de estar en una lancha –siempre de otra gente-, la libertad de velear, el relajante bambonear de las olas, el olor a mar, el calor de la are...
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